
Estimado Wim Wenders, el cine, además de ser una yuxtaposición de imágenes y un punto de partida para reflexionar sobre la condición humana, constituye, como plantea Agnès Varda, una forma de escritura cinematográfica y es, además, un acto político. Toda película sostiene una mirada del mundo condicionada por la clase social y la ideología de quien la produce.
Históricamente, el cine ha sido un vehículo para explorar posturas políticas o incluso una herramienta de propaganda oficial, como lo demuestra la obra de Leni Riefenstahl. En este sentido, el cine construye, por sí mismo, discursos políticos: puede manipular, transformar opiniones, condenar u honrar la vida, así como retratar la muerte. En países como México, Irán, China o Siria, hacer cine puede incluso costar la vida.
El tema de la reflexión de hoy, además de abordar La voz de Hind Rajab, es enfatizar que el cine es una herramienta política. El cine es la luz del mundo, como afirma el poeta madrileño José Rivas Panedas.
y el verbo se hizo imagen,
de luz civilizada
pensamiento -> palabra -> verbo-> oración -> concepto -> idea
Esta «luz civilizada» podría interpretarse como la luz que trae sentido, orden y conocimiento al mundo en contraposición a la oscuridad; pero, como dijo Verónica Gerber Bicecci:
«¿Cómo justificar que somos una humanidad si más del setenta por ciento están totalmente marginados del mínimo ejercicio de ser?»
Esta afirmación desestabiliza la idea de una luz universal, pues evidencia que no todos los sujetos tienen acceso a esa visibilidad. Si el cine es luz, también puede ser exclusión: ilumina ciertos cuerpos, ciertas historias, ciertas geografías, mientras otras permanecen en la penumbra o son representadas desde miradas ajenas.
No se trata solo de que el cine construya discursos políticos, sino de que decide quién merece ser visto y quién puede hablar. La “luz civilizada” no es neutral: está atravesada por estructuras de poder que determinan qué vidas son narrables y cuáles quedan fuera del encuadre. En ese sentido, el cine no solo transforma opiniones, como se ha mencionado antes, sino que también configura los límites de lo pensable y lo visible.
Lejos de anularse, ambas dimensiones coexisten: el cine ilumina, pero también excluye. Volviendo a Giibecci: Si la “luz civilizada” no es universal, entonces el cine más urgente es aquel que intenta iluminar precisamente a quienes han sido relegados a la sombra. En esa línea se inscribe La voz de Hind Rajab, de Kaouther Ben Hania, un largometraje que no solo representa una realidad atravesada por la violencia, sino que se posiciona frente a ella como un acto de visibilización. La película no pretende hablar por encima de su protagonista, sino devolverle la voz, convertir su experiencia en imagen y, con ello, en memoria colectiva.
Gaza: franja costera de 40 km de largo y entre 6 y 12 km de ancho.
El 29 de enero de 2024 quedó registrado uno de los testimonios más estremecedores que se han escuchado. Hind Rajab, una niña de tan solo seis años, pronunció sus últimas palabras durante una llamada con la Media Luna Roja Palestina (PRCS), antes de morir en el contexto de la ofensiva del ejército israelí. Esta organización, fundada en 1968, es la principal institución humanitaria y de salud en los territorios palestinos, encargada de brindar servicios de emergencia, ambulancias y atención médica en Cisjordania y Gaza.
Kaouther Ben Hania, directora de El hombre que vendió su piel y de la perturbadora obra híbrida entre documental y ficción Las cuatro hijas, no se centra en representar la guerra en sí misma, sino en exponer sus efectos administrativos, emocionales y morales. La narración se sitúa casi por completo en la sala de llamadas de la Media Luna Roja Palestina, donde un equipo intenta coordinar un rescate que, en circunstancias normales, tomaría apenas unos minutos. Sin embargo, aquí ese breve trayecto se prolonga durante horas, atrapado en una red de protocolos, autorizaciones, silencios impuestos y comunicaciones interrumpidas. De este modo, la película se configura como un drama de cámara que opera, al mismo tiempo, como una precisa radiografía del poder.
Una de las escenas que ejemplifica esta idea muestra a los operadores denunciando en redes sociales la ineficiencia de la PRCS con su móvil. En ella, la directora articula un recurso de puesta en escena en el que las grabaciones reales, realizadas desde teléfonos móviles, irrumpen en la imagen, integrando el registro documental dentro del espacio narrativo.
En el Festival Internacional de Cine de Venecia, Saja Kilani quien interpreta el papel de Rana, afirmó: “Hind is about a child crying ‘save me’, and the real question is: how have we let a child beg for life? No one can live in peace while even one child is forced to bleed for survival”. ¿Cómo hemos llegado a este punto de profunda deshumanización? ¿Acaso Dios ha dado la espalda a las propias tierras de su hijo?
La Voz de Hind Rajab revela con firmeza aquello que suele desvanecerse entre cifras y titulares. La violencia no se limita a lo físico: también se manifiesta en lo administrativo. La espera, la coordinación fallida, las autorizaciones que nunca llegan configuran una maquinaria que puede resultar tan letal como cualquier arma.
El trabajo de Kaouther Ben Hania es del de una directora con profundo compromiso político que ha indagado en sus mismos gestos radicales al prescindir casi por completo de mediaciones emocionales externas. No hay música que suavice la experiencia, ni edición que apresure el duelo.
El espectador queda confinado en la misma posición que los trabajadores de la Media Luna Roja Palestina: escuchar, esperar, insistir y, finalmente, enfrentar el fracaso. La película no ofrece justicia ni consuelo; plantea algo más exigente: la necesidad de no olvidar la voz de una niña que pidió ayuda y no fue atendida a tiempo. En ese acto de escucha tardía —de sostener su nombre y evitar que su historia se disuelva— el cine recupera una de sus funciones más esenciales: dar testimonio cuando el mundo opta por desviar la mirada.
¿Dónde está el espíritu de Dios actuando a través del hombre?

Deja un comentario