llegar tarde a la hora de la cena,
no se compara con verte romper tu carne,
te vi como roble,
te desvestí con mis luces,
te dejé sentado,
te vi descalzo a la hora de la muerte,
la muerte de nosotros,
no llegó para detener un sangrado,
llegó para quedarse,
luces de sangre,
luces de tu sangre,
que no vi,
te vi espectadora entre la acera refugio del agua y del gato,
—clivia miniata— de tu casa,
frente a tu ventana,
cuarto de lágrimas,
palabras sin receptor
mas que las del niño,
mi morado se hizo flor,
y de tu morada, la abertura de tu piel,
calla al niño,
sólo cállalo,
por favor

¿cuántos ríos rojos corrieron en el piso esa noche?

no queda más que esperar la resurrección de la carne,

espera, ya está nublándose

otra vez sangre de años pasados,
corren río abajo hacia el solar de mi muladhara

para detener un sangrado: hay que dormir profundamente

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