Escribo desde las formas en que la imagen me atraviesa.

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Escribiré justo lo que escribí esa tarde esperando saber de ella. Siempre ella. Solo ella.

Antes quiero remontarme un poco a esa sala, o mejor dicho, dos salas que contiguas, daban a un pasillo dirección a sala de urgencias. Me pregunto cuántas personas no ven el desfile de la muerte ante sus ojos, es un pasar de gente y un actuar constante. Es decir, hay gente que sostiene posturas que seguramente ni siquiera sienten. Desde dentro. Lo que siempre me ha importado. La raíz. El motivo. Entiendo que lo hacen para transmitir confianza y dar esta apariencia de ser fuertes…esos doctores, esos familiares, esos amigos, ese estar ahí para sus «significant other»

Sin más, escribí:

«Solo a unos días del cumpleaños de mi abuela: No todo ocurre en una sala de urgencias. La vida se mueve a pasos agigantados en un piso bien trapeado y yo pienso en mi abuela y en sus días de arduo trabajo que ahora la llevaron a estar en una camilla de una sala de urgencias del ISSTE.

Yo: sentada. Observo la gente derrotada por causas que no les corresponden. Emiliano estuvo conmigo antes en una ocasión similar, esperándome y a ella, en un contexto similar, en el mismo hospital: C. Lago Ontario 36, Tacuba, Miguel Hidalgo, 11410 Ciudad de México, CDMX. (Hospital Tacuba) Hospital de gobierno. Hospital público. Hospital para el trabajador.

Emiliano, años atrás me esperó en la contraesquina de este mismo hospital y hay muchas cosas que ahora vienen a mi mente. Él esperando. El guión de Julio Bárcenas. Muchas cosas. Tantas.

Fumo un cigarro de clavo en la esquina de este hospital pensando en la contradicción de ser una estudiante del área de la salud y tener un vicio tan estúpido. Desde la muerte de mi abuela paterna, Margarita, supe que el error del tabaco no era fumar en sí, sino la idea de que la gente que nos ama nos viera consumirnos en un cilindro suave y dulce, pero letal.»

De lo que estoy segura es de los trabajadores sociales y de que su labor es superior. Comunicar, tratar, ser el puente entre una sala de urgencias, y una sala de espera. Su nombre es Misael. Misael es un ángel y escribí su nombre en la última hoja de las Confesiones de San Agustín.

Escribí:

«Su cuerpo se divide en mil tareas y se ve que ama lo que hace»

Yo amo a la gente que ama lo que hace. Yo amo ver a mi abuela sanar. Yo odio los hospitales públicos.

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